Una postura para no mirar abajo

Caminar erguido, en la ciudad, caminar sin mirar a nadie.

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La diferencia entre estar horizontal o vertical en el boulevar de San José, es que los que optan por la postura horizontal en algunos rincones, tal vez sea por lo único por lo que puedan optar en sus vidas.

Mirar al frente, seguir un punto fijo, tomar el bus, llegar a la casa. Mecanizar un acto físico, incorporarle al cerebro un movimiento robótico….¿cuándo fue que nos dejamos de detener para mirar? Mirar a los demás.

Así fue ese día, el que inyecté mis ojos en ese rincón. Quince personas conté que pasaron a la par de aquel ser que respira, aún, y que tendido bajo el sol descansa una vida que lleva mimetizándose con las calles, comiendo lo que cocina la soledad de los objetos vacíos, objetos que podría llenar solo con la imaginación.

Nadie se detenía, nadie preguntaba, era una situación cotidiana, algo que se nos hace familiar, parte del entorno.

¿Cómo se ve el sol y se siente la lluvia desde esa horizontalidad?

Caminar erguido, sin mezclarse, sin comprometerse, sin darle importancia a lo que pasa abajo. Apretar el estómago, juntar las escápulas no mirar más abajo del ombligo, porque ahí, ahí mismo podemos encontrar otros ojos iguales mirándonos, y eso hace algún tiempo nos dejó de importar.

¿Qué pasa en San José, arriba?

Son las…no sé.

Llevo muchos días, de muchos años viendo para el ciprés literalmente. En la escuela a uno le decían “no vea para el ciprés” (bueno a mi me lo decían mucho).

El punto:  caminar por San José, ver ese montón de robots que vienen y van, el camino de las hormigas. El pasillo angosto, que va desde la zona rosa, hasta la roja, la amarilla, la azúl, la que la gente quiera llamar. San José y ese amor-odio que le provoca a algunos. La combustión de olores, de lugares, de personas, la frecuencia sonora que provoca si uno se sienta en una esquina y percibe. La felicidad de unos, la razón del disgusto de otros.

Siguiendo el instinto de ver el “ciprés” fue lo que atrapó la atención, esa que a veces está curioseando rincones. Alzar la mirada, ver ese  “chepe”  con nubes de fondo y música estridente alrededor.

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El constante llamado “vértigo invertido” ¿enfermedad?, ¿trauma?, ¿fobia? Nombre que yo escuché un día y  lo uso para describir el horror que le tengo a los edificios altos, a observarlos, porque mirarlos lo puedo hacer de reojo, pero pararme firme y ver  arriba, encontrarme con una estructura muy grande hace que el corazón me bombée, que las manos me suden…me dan miedo.

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http://www.meneame.net/c/1207683

El banco Nacional . el edificio del INS, sentarme fuera del Poder Judicial…

Toda esta introducción dio como resultado buscar lo que pasa en San José, los mencionados espacios desocupados, la costumbre josefina de tener amontonada a la gente abajo y arriba un pueblo fantasma en sus estructuras. Comenzó el incline de cabeza hacia el cielo y mirada desorbitada.

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Formas al lado de colores.
Deterioro va con remodelación.
Contraste a la par de textura.

Empieza el hormigueo por las manos de ese vértigo invertido que madrugó para acompañarme a capturar fotos, a alzar la cámara y apretar un botón, a ver gente viéndome y mirando para el cielo a ver que pasa. Ese típico efecto en cadena que uno estimula cuando se para en algún punto y ve hacia arriba, entonces la gente comienza de reojo a ver que pasa allá…donde no pasa mucho.

Entonces descubrí otra ciudad sobre la cabeza, una callada, llena de balconcitos, de colores, de muchas líneas verticales. ¿Qué hay adentro ?  Un montón de espacio desocupado muchas veces, que nadie usa, y entonces estaba frente a otro lugar, no el que yo normalmente conocía, sino uno que había estado siempre pero que abrió su gran boca y bostezó a mi miedo de observar hacia lo alto, como saludando, algunos impecables otros desacomodados, y recibiendo el sol que les disparaba a quema ropa de concreto.

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Son las 11 am de un domingo.

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Caminar, cruzar calles, navegar en barco sin destino capitalino.

¿Qué pasa arriba en San José? había estado pensando en la madrugada de ese domingo que no recuerdo exactamente, mientras trataba con un insomnio firme de dormirme.

Yo sabía que el destino siguiente era la boca del lobo, entonces  las manos comenzaron a sudar más, el corazón acelerado. Solo estar unos minutos ahí y enfrentar la angustia mientras le daba paso a aquello que ayudó a desvelarme en la madrugada. Ver, no de reojo, sino en paralelo aquel tubo que me hacía caras de dragón diabólico cada vez que yo lo presenciaba.

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¿Cuántos ventanales tiene ese edificio?, contar los pisos, los relieves, ¿cuántas personas que miran desde otro plano?. Parpadeo. Ahora experimento al vértigo que venía conmigo danzando a mi alrededor, ahora siento los pies petrificados y algunas lágrimas saliendome del agujerito que tenemos inmediatemente empezando el ojo. Comienza el invertido a hacer efecto en mí.

(Lo bueno de este escrito es que de vez en vez se irá modificiando, es mi terapia contra esa sensación tan poco natural).

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No les puse maquillaje a las fotos, tienen una pizca de viento de diciembre, cuatro o cinco tazas de sol y así se sirvieron.

“Hace tiempo me dijeron que aquí no pasa nada”, suena  Caifanes en el reproductor. Pasa sí pasa, aquí hay otra ciudad encima de nuestras cabezas ticas o extranjeras. 

Es la vecina que nadie conoce, que no habla mucho con los demás, que no abre cortinas, que pareciera solo estar.

Pensé en el desperdicio, “el espacio de ensayo de algún grupo indepediente, o el techo de tantos que buscan uno”.

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Mientras, abajo todo sigue congestionado, organizado según la lógica de este lugar que encontramos en alguna parte del mundo. Con más historias que espacio.

¿Cómo un lugar tan transitado a la vez vive tan holgado en otro nivel? Puede que esto pase en todo lado, que sea un poco “obvio”, pero a solo dos giros de cabeza estoy en el limbo.

Esos altos sanitarios de algunas palomas, el recuerdo de alguna arquitectura antigua, un cuento que pareciera ser corto pero que extiende sus ramificaciones, que se deriva. Ese pecho contra el agua. El encuadre es distinto. La sensación ya no es igual aunque siga caminando al mismo paso apresurado que los demás, la bocanada de aire es ver ese otro plano en la película.

Un mundillo olvidado.

Son las no sé…me sequé el agua del ojo izquierdo y no apagué más la cámara.

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Sacar al traicionero sentarlo delante de uno y …

Si estuviéramos conformados por gavetas como las que Dalí pintaba en sus cuadros a algunos cuerpos, podríamos sacar mucho personaje interno que se deriva de nosotros y que con los años se van construyendo y destruyéndonos.

Saltar al vacío con las personas es una de las cosas que más ha costado aprender, 
aprender a soltar fue lo que más me gustó del Curso Interno a Distancia de Proceso Largo.

Tener comportamientos adecuados en momentos “adecuados” son actitudes que me ha costado sintonizar.
Quedarme con la boca cerrada para no escupir el primer impulso de una reacción en cadena que me generan ciertos comentarios ha sido mi talón de Aquiles muchas veces, creo que más que el talón el pie entero.

Llueve a la 1:34 pm…

 

-Para mi la vida se mide en canciones,
-no es cierto, sos un músico frustrado…

-Para mi la gente debe fluir y dejar que todo pase.
-no es cierto, la gente tiende ha dejar fluir cuando ya no hay intereses…

-Para mi la comida es una manera de crear.
-vos tuviste un rollo con la comida…

-Para mi la familia es la base de muchas cosas
-vos le huís a formar una familia…

(Es claro que tenemos caracteres de colores poco combinables)

 

 

Una madrugada de estas, con un tema en la cabeza por resolver, se vino el primer destello de lo que iba a ser toda una postura de yoga así, dificil y dolorosa. Sacar a la traicionera que tengo dentro, darle café y decirle ” qué pasa, qué he hecho yo para que seas tan negativa, con qué derecho invadimos este cuerpo y nos desdoblamos desproporcionadamente”.

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Ver Odisea 2001 y crearme a mi traicionera como ese bloque negro y desfasado de la peli.
(Foto que pedí prestada sin decir nada a  http://indieethos.wordpress.com)

 

Anoche veía danza, muchos videos y ella me preguntaba, comiéndose los hilos de mi operación reciente, si realmente yo entendía un carajo lo que me producían aquellos cuerpos flacos. Yo le puse pausa y le puse atención. Quité la pausa cuando ya la estaba escuchando mucho y venia el vértigo

 

-No hablo sola.
-Solo de vez en cuando…

En forma fetal, me animé a sacar la traicionera en la intimidad, sentarla delante mio y decirle que en modo  escritura automática me dijera todo
-Soy morena, amo la carne, y he absorbido por todos nuestros conductos las debilidades con las que me alimentas.

¿Morena y come carne?.

Mi traicionera es el opuesto dentro del cuerpo, lo que no sabe es que yo también fui morena que comía carne.

Hoy escribió que me lanzara al vacio sola, antes de hacerlo con alguien más.

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Salvador Dalí, Gabinete Antropomórfico 

 

Soy una mujer con senos pequeños y altura de montaña

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Cuando hago un rebobinado del casete (con la técnica del lápiz dándole vuelta a las rueditas como en los viejos tiempos) se me vienen a la cabeza imágenes, olores, personas, canciones, palabras y los típicos enfrentamientos sociales por los que todos pasamos.

Recuerdo la primera vez que mi abuela le dijo a mi abuelo:
-mirá, ya le están saliendo el paquete de cigarros y la caja de fósforos-   yo me sentí hirviendo de la vergüenza, mi abuelo se echó una risa y me abrazó con ese brazo largo por el cuello y ese olor peculiar a abuelito. Él captó instantáneamente que yo no quería saber nada sobre el tema.

“El paquete de cigarros y la caja de fósforos”, nunca voy a olvidar esa frase. Yo no quería tener senos todavía,  además jugaba con mis primos, ellos no tenían y yo sentía que incomodaban. Me críe con varios hombres a la par.

Mi mamá me compró el primer “transformador” (que palabra tan fea) a los 11 años para que yo empezara a usar ropa de señorita y no de chiquita, pero a mi me gustaban las camisetas blancas de tirantes por dentro.

A los 12 ya todas mis compañeras de clase se compraban “brasier” y yo…seguía a escondida con las camisetas.

Fui teniendo cierta edad y la cosa del tamaño no vino con demasiado cambio, yo pensaba mientras me reía que había deseado tanto no tener mucho peso que cargar adelante que se me había cumplido. Ya a los 20′s era una cosa que dudaba: ¿quería que siguieran su etapa de crecimiento o no?

“Póngase implantes y yo se los pago” me dijo alguien en la casa. “Deme la plata para un tiquete de avión mejor” le dije yo algo enojada.

Hay gente que parece que se puso dos nalgas de elefante y eso está bien, que todas sean felices como quieran, existen otras mujeres que no queremos que nos corten la piel y nos aumenten aún. Yo aprendí a no decir “NUNCA” porque los cambios de edad hacen que uno también cambie de ideas y se muerda la lengua a veces. Yo seguía/sigo bien con las gotitas de agua. PUNTO.

Y es que es muy curioso observar cómo las personas que lo rodean a uno sienten una especie de lástima porque uno no tenga mucha delantera. A ver, yo les quisiera comentar que sin senos SÍ HAY paraísos y muchos. La sensibilidad por ejemplo con este tamaño y en el plano sexual  es una cosa que yo no cambio por nada. Aparte señores en lo deportivo se vuelve un éxito y en el ciclo mestrual casi ni molestan, las amiguitas se quedan tranquilas y felices. Mi piel no se ha caído ni se ha estirado o fisurado a mis 27 años, siguen como hace mucho, intactas y plenas, vivas y agradecidas. No digo que tener un tamaño más grande sea feo, tampoco, se tiene lo que se tiene.

“..los tumores malignos de mama ocupan hoy el primer lugar en incidencia entre todos los tipos de cáncer que afectan a las ticas…Tal situación hace que las secuelas psicológicas de una eventual mutilación del pecho sean todavía más dramáticas” (La Nación CR, Revista Dominal. Larissa Minsky A.).

Mutilación de pecho fue la frase que se me quedó al leer esa nota. Cada vez me hace pensar que agradezco de verdad mi apariencia en ese tema.

Ahora que veo tanto título de  novela, tanta silicona, tanto bisturí, me encuentro que hasta la fecha ese tema nunca fue un complejo. Aprendí a disfrutar de igual forma un “temido” escote, una blusa apretada (que apretaba más), un vestido de baño grande por delante siempre, un comentario por aquí y otro por acá, un desnudo…UN DESNUDO. Aquí llegó mi primer cuestionamiento.

Yo tenía que hacer un desnudo de 12 segundos para una obra de teatro frente a no sé cuantas personas y empezó el gusanito social a mirarme como diciéndome “yo se lo dije”. Entró un temporal a mi cuerpo donde yo me preguntaba ¿será que si debería…?. Por dicha como en nuestro país un día entra el temporal y al otro día se va. Entendí que uno no puede de primera entrada descartar nada, pero sí que le tengo miedo a los aparatitos para cortar piel que tienen en los hospitales.

Muchas risas, muchos comentarios cuando sacábamos ese tema a flote, yo realmente nunca me he molestado, pero siempre después pienso en las personas que sí les puede afectar. Y es que el tamaño no importa ¿o sí?. Ésta pregunta me la han hecho hombres con respecto a sí las mujeres prefieren ciertas cosas en los órganos masculinos. ¡Yo que sé!, cada quien tiene su color favorito, su comida, sus loqueras, que manía de medirlo todo o compararse con el otro. Pero sí, también he preguntado que tamaño prefieren en relación a los senos. (Estúpida ser humana jajja).

De todo esto descubrí  que soy una mujer de senos pequeños y ME GUSTA, me siento bien con este tamaño a escala natural. Pero también percibo que a la gente le gusta cortar no solo con el bisturí éste de hospital, sino con los comentarios mal intencionados. Casi siempre personas con una inseguridad como carta de presentación y mientras más edad tengan, el bisturí viperino se vuelve más intenso.  ¡Pa’ fuera telarañas!

ALTURA DE MONTAÑA (Toma 2)

Por aquellas épocas de los trasformadores o los brasieres; de un mechón amarillo o todo el pelo rojo; de sí ocultar mi simpatía por los Backstreet Boys y simplemente seguir diciendo que me gustaba Caifanes y ya. (A uno sí que nadie lo orienta a dejar de gastar el tiempo en estupideces sobre gustos musicales).

En esas rectas finales de los 90′s me gustaba un compañero de clase en la escuela, claro yo era su buena amiga, nada más. Un día de esos donde el profesor se va y la clase se vuelve Juman ji, una compañera hizo el comentario innecesario de “¿por qué ustedes dos siempre se sientan juntos?“. Yo que era todo lo introvertida de este mundo, arranqué una hoja de papel y me fui a botarla para evitar el momento incómodo, pero la respuesta fue más rápida que mis nervios y él contesto (ajajajja): “a mi me podría gustar pero es que es alta como una montaña“.

Pasé el recreo con él comiéndonos el burrito a medias en silencio, tomándonos la 7up (gastando solo 50 colones y lo pagábamos a medias) yo pensaba como era posible que él creyera que mi tamaño era parecido a una montaña, imposible, ni Alicia en el país de las maravillas cuando crece, ni la canción de “éste es el valle del alegre gigante verde” eran de ese tamaño. La sensación me duró una semana y decidí en ese lapso no compartir más burritos ni frescos con él. Al tiempo se me pasó. Seguí siendo su amiga aunque a mi me siguió gustando siempre, nunca se lo dije.

Bueno aquella experiencia del desnudo no fue la única que escarbó mis “atributos” sociales en esa obra. También me tenía que poner unas plataformas rojas, para el personaje, yo desde aquella experiencia escolar tuve una distancia con los tacones, no quería ser montaña más, hasta me jorobé un tiempo para ser pequeña, éste sí se me hizo complejo. Y cómo decimos “al que no quiere caldo…” TOME.

Pasé semanas usando los tacones para ir al trabajo, a la Universidad y los que me conocen, que conviven conmigo me veían como bicho raro y alto.

Cual fue mi sorpresa que terminé amando los tacones, amando los vestidos, amando mis escotes, las plataformas. Me dan más altura de mi 1.78 m descalza  ¿y qué?.

El casete terminó de rebobinarse, las personas siguen opinando acertada u ofensivamente sobre esos temas, la susceptibilidad se hiere o no, “el amigo” que trata de ver el defecto en el otro nunca dejará de existir ni de dar opiniones que nadie les pide, porque como sanguijuelas viven de la sangre que le quieren chupar al otro para sentir esos cinco minutos de atención que en su eterna soledad no tienen.

…a esta historia “Mujer casos de la vida real” , (hubo una rapada de cabello con la cero, ésto no me generó nada porque ya lo había hecho) le sumo que entendí, sobre los documentos que uno guarda en el departamento Archivo del Cerebro de la Vida, que lo que a uno le dicen en broma sobre alguna parte del cuerpo, por más mínimo que sea, puede usarse para escribir una historia una mañana feliz de jueves como hoy, por una mujer con senos pequeños y altura de montaña.

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Elena de Troya, Los bosques de Nyx.

Crónica. Dos mundos en un cuerpo: Natasha Jiménez

De la película "El muro" Pink Floyd

De la película “El muro” Pink Floyd

“Una de estas cosas no es como las otras Una de estas cosas no es Igual adivina cual es…”

“Esa canción de plaza Sésamo era como yo”, me canta Natasha Jiménez entre una sonrisa expresiva, sonora y cálida. Ella se caracteriza como Trans por identidad e Intersex de nacimiento.

Calzaba unas zapatillas verdes que le hacían juego con su pantalón y una blusa blanca con bordados. Sus pulseras, sus uñas, su maquillaje y su cabello, todo representaba una armonía. Cuando empezó a hablarme encontré una sensación de confianza que hizo fluir el resto de nuestro encuentro. Me preguntó “¿de qué querés hablar?” con un tono firme, a partir de ahí la historia salió del espejo de su vida para que yo pudiera comenzar a verla.

Natasha no fue siempre la mujer que muchos conocen ahora, “Natasha es un personaje que he venido construyendo” me dijo con una sonrisa fresca, que hacían juego también con esos ojos rasgados de mirada pícara.

Cuando estaba en la escuela lo vestían con pantalones cortos y le compraban juguetes neutros, legos, libros de colorear. En la sociedad él era un niño que jugaba con su hermana. “Me gustaba dibujar faldas vaporosas de princesa con una cintura pequeña” me comenta.

Las personas intersexo son aquellas que nacen con los dos sexos. Existen 75 variaciones. Para poder “calzar” en la sociedad algunos médicos junto con sus padres deciden realizarle una intervención quirúrgica para darles la identidad de hombre o mujer. Después de éstas operaciones las personas quedan insensibles, con algunas secuelas que trae mutilar el cuerpo por la simple estética. “Para la sociedad nosotros somos monstruos”, me dice ella con una mirada fija.

“..Explica Urroz Torres, que si un bebé con este tipo de intersexo se diagnostica tempranamente, los médicos suelen optar por feminizarlos, pues el pene en estos casos no es muy funcional y más bien puede ser motivo de frustración en el futuro…” (Periódico La Nación, Revista Dominical, 23 de noviembre de 1997)

Esas intervenciones le niegan al ser humano la opción de escoger que tipo de vida quiere llevar con su cuerpo, el mito del intersex para la sociedad destina las decisiones a lo que un médico crea que es bueno. “No morimos por nacer intersex,” me dice ella.

Hermafrodito de Pérgamos, III A.C. Museo arqueológico de Estambul

Hermafrodito de Pérgamos, III A.C. Museo arqueológico de Estambul

Ella menciona que algunos doctores realizan la cirugía muchas veces sin preguntar a sus padres, simplemente porque según ellos el niño “necesita” ser heterosexual. Ser un hombre o mujer estándar. Se basan en el artículo 46 del código de la niñez y la adolescencia para hacer esa operación.

Natasha me va recalcando que ella tuvo más hormonas femeninas, que por eso su figura es la de una mujer, pero que su cuerpo debido a ésta condición no procesa bien las sales y las grasas entre otras cosas, por eso “soy así de hermosa” me dice y me muestra el humor fino que la envuelve.

“A los catorce años pagué un seguro para que me revisaran. Mis padres no me realizaron ninguna cirugía y hasta el momento yo tampoco me la he realizado”, me explica ella. En una ocasión un médico que la revisaba puso en su expediente “homosexual” con letras rojas, para encasillar a ésta amazónica en algún concepto de identidad sexual que él creía conveniente. Otra vez estuvo desnuda frente a varios médicos, “me observaban como ratón de laboratorio” cuenta, por varias horas.

“Yo sabía que algo en mí no era normal cómo los otros”. Por eso decidió que la examinaran.

Vamos armando el rompecabezas de nuestra conversación. Su personalidad y su inteligencia se desbordan; podríamos pasar horas hablando sobre su vida en ese salón de computadoras que era el único lugar con espacio esa tarde para poder conocernos.

Natasha va llevando el bolero de la conversación, hablándome desde la experiencia de vida que le ha regalado su cuerpo, contagiando con sus constantes sonrisas el panorama de su confesión. “En la Grecia antigua éramos parte de la mitología, nos veían como semidioses, pero después de la época Victoriana nos comenzaron a ver como bichos raros o como monstruos”, y lanza una carcajada que me emociona.

Mientras sigue regalando a mis sentidos un mundo interesante sobre la morfología que posee su cuerpo, me llama la atención una pulsera grande, verde, que lleva en su mano derecha, cuando escucho la palabra sobrevivir dentro de lo que me cuenta, sonrío y vuelvo a la conversación, antes de comenzar cuándo le pregunté sobre alguna canción que la identificara, me dijo: “Sobreviviré”.

Esta vecina de Guadalupe es una activista de los derechos de poblaciones discriminadas; actualmente es coordinadora general de MULABI, un espacio latinoamericano de sexualidades y derechos.

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Su labor cómo activista la empezó desde hace treinta años, cuando ella junto con otro compañero cuidaban pacientes con VIH en fase terminal en el sótano del Hospital San Juan de Dios, donde no tenían una buena calidad de vida, no contaban con ventilación ni luz. Ellos los bañaban y trataban de que sus condiciones fueran mejorando.

Fue pasando por distintos lugares, desde el Club 700 hasta las charlas y talleres que imparte en diferentes organizaciones.

Me trasladó a su vivencia con la sociedad, punto que quería conocer, de aquel castillo que es Natasha, con muchos cuartos, cada uno de ellos lleno de sorpresas.

“Siento que la sociedad tiene actualmente mucha información pero no suficiente apertura. La sociedad patriarcal no se quita fácilmente, es como una mancha en la tela más blanca. Hay un pensamiento tradicional aún,” me dice mientras se acomoda en la silla. “La sociedad no está preparada para los genitales diferentes.” Mueve un mechón de su cabello, entre champán y café, y cruza sus manos y aquellas palabras vibran en mi cabeza. Es cierto, no estamos acostumbrados o no aceptamos morfologías distintas. Tantos porqués empiezan a hablarme.

Ella me observa. Sus palabras son el justo aire que uno necesita en esos días calurosos, cuando un tema cómo éste llega como inquietud.

“Caminemos cinco lunas en los mocasines de esa otra persona”, fue la frase que me llegó como té tranquilizante de los labios color bronce de aquella mujer. Una frase que vive todos los días Natasha.

Cuando hablamos de la palabra “cambios” hay un silencio, un pensar. Sus ojos se postran en la pared del frente; sus manos se rozan ligeramente, sonríe de medio lado y contesta “me da miedo; prefiero que las cosas se queden donde tienen que estar, sin necesidad de que tengan un cambio.” Puedo entrever una pincelada de lo que antes me había contado sobre los momentos dolorosos que tuvo que experimentar.

—¿Una frase?— le pregunté.

—Somos el tono que acentúa los colores del arcoíris— me respondió. Segura de que esa frase podría llevarla tatuada en su cuerpo.

Cuando me dice que el timón de su barco fue pensar que lo mejor estaba por llegar, noté cómo lo sabía, no era una frase cliché, sino una conclusión de vida. De su vida.

Natasha dice sentirse plena con lo que hace. Cuando me cuenta que elabora sus presentaciones de Power Point con toda la dedicación del mundo, sus ojos cambian de tono, el brillo está, sale como rayo de luz cuando me mira profundamente. Al explicarme lo que le produce impartir las charlas sus manos se inquietan y sus dedos parecen bailarinas emocionadas moviéndose. La pasión sale a flote.

¿Intersex o hermafrodita?

Hace seis años cuando el túnel de Internet me llevó a la foto “The Graces” del fotógrafo Johel Peter Wtikin, pensé en cómo era la forma correcta de llamar a una persona con la condición de Natasha. Ahora ella me contaría sobre esto.

“The Graces”, de Joel Peter Witkin, 1939

“The Graces”, de Joel Peter Witkin, 1939

“Que dicha que lo preguntas” me responde levantando una ceja más que la otra, cómo quién ya tiene la solución del enigma.

Hermafrodita está mal dicho, se dice Intersexo, aunque aún hasta los doctores usan ese término”, me corrige.

Natasha me va hilvanando sus explicaciones con su mirada rasgada, cada vez más llenas de sonrisas y un olor suave que posee. Cuenta que los doctores clasifican a hermafroditas como pseudohermafroditas femeninos o masculinos. Los primeros poseen una masculinización de los genitales de la mujer: por un fallo en el cortisol, el clítoris se alarga. En los segundos poseen glándulas mamarias y los testículos que se encuentran son intrabdominales.

Después de la explicación técnica, Natasha termina diciéndome que de todas formas la palabra correcta es “intersexo”. Mi mente ha ido proyectando una película de principio a fin.

—A mí me parece maravilloso—, le digo.

—A la mayoría de la gente no le parece así— me contesta… continuamos.

Entre el calor del primer encuentro y el inicio de un tema personal pero de interés público por la falta de información, mis ánimos se fueron estableciendo. Ella siempre se mantuvo ecuánime, al menos así lo hizo ver.

Natasha dice que a futuro quisiera descansar, que pasa muy activa, pero que sí le gustaría descansar. Se nota desde el foro que dio esa tarde, hasta la facilidad con que me explica cada detalle que le pregunto, que es una mujer apasionada de la vida.

“Falta información sobre estos temas”. Eso es lo que busca MULABI; leo los folletos y en el repaso periférico encuentro palabras claves que me hacen interesarme en la información del centro: Identidad de género. Persona trans. Transfobia. ¿Cómo nos afecta.?

La tarde comienza a pintarse oscura; ella quiere tomar la periférica para llegar a su casa. Los temas han venido en oleajes y se han ido dejando siempre esa espuma que pertenece a una inmensidad. Los conceptos, su vivencia, su personalidad y mis preguntas van bajando el telón de la función increíble que fue conversar con ella.

¿Una imagen?: “Mariposas”

Un olor: “Cítrico”

Un sabor: “Dulce, como queque de cumpleaños”

Una frase: “Somos el tono que acentúa el color del arcoíris”

Un color: “Morado”

Una canción: “Sobreviviré”

Un sueño: “Respeto total”

Así fue cómo inició aquella charla que me quitó toda pregunta generada cuando vi la foto de Witkin, y cuando no imaginaba que uno de cada 200 nacimientos en el mundo traen a la vida a personas maravillosas como esa mujer que se iba, subiendo las gradas, caminando lento, desapareciendo.

“Yo pinto y canto también”, me resonó en la mente, como si algo me hubiera faltado. Yo quise que me cantara alguna estrofa, sin embargo olvidé pedírselo entre tantas preguntas. También tuve curiosidad por ver algún cuadro suyo. Me encontré que su vida de activista es más que una canción, es un himno. Y su vivencia como transgénero, el lienzo que pintó en su cuerpo la naturaleza.

Crónica periodistica. Un zoom de manitas pequeñas: Sumergirse en el Hospital Nacional de Niños de Costa Rica

foto Heiner Fernández

foto Heiner Fernández

La educación, la cotidianidad  y sus historias nos abren la puerta del  Hospital Nacional de niños para mostrarnos ese collage de ojos, rostros, pies miniaturas caminando a la par mía, historias y esperanza.

Mari Paz me veía con ojos grandes, negros, profundos como una selva de noche quieta, con una historia de vida más grande que su tamaño, desbordándose. Sus manitas pequeñas restregaban sus ojos mientras me miraba. Vestía con una bata rosada y unas zapatillas de Hello Kitty, cuando le mencioné algo sobre sus zapatos me sonrío con desgano. Ella es una de los casi novecientos chicos que la Escuela del Hospital Nacional de Niños atiende, para darles una educación mientras permanecen internados en esos pasillos largos, llenos de cubículos y camas, ese laberinto de ángeles terrenales.

Un lugar que funciona como casa para varios menores,  con cincuenta y ocho años al pie del cañón, se mantiene como una quinceañera fresca, habitada por un personal activo, pendiente de cada detalle, con ilusión por su trabajo y con una entrega más allá de ser profesoras. Ellas asumen el papel que les toque, desde estudiar otras materias que no son las comunes (español, matemáticas, estudios sociales)  para cubrir las necesidades de sus pacientes, hasta estar cuando los parientes no llegan o ser las psicólogas de las personas cercanas a sus pacientes.

La mañana calentaba, el ingreso a este mundo de batas blancas y seres de menos de metro y medio de estatura, me recuerda a un cuento pintado con bosques y magia. Este hospital josefino  es casi una prueba de paciencia, esperar hasta que pueda subir al quinto piso me hizo observar media hora en la entrada a personas que ingresaban o salían con los niños. La muchacha de la recepción después me hizo pasar, cuando ya estaba en el piso número tres, la encargada del elevador, abrió la puerta, un bebé de unos dos años aproximadamente venía en una camilla, con una bata verde, su piel estaba blanca y se le notaba la fragilidad de pluma, las máquinas que lo conectaban no le quitaba la dulzura en aquellos ojos color miel entreabiertos, una de sus manos pequeñas tenía una cinta blanca, los dedos eran lo más parecido a la porcelana, y su cabello escaso, teñía la almohada blanca con unos rallos color sol. La enfermera que venía con él me indicó que tenía que bajar, esperar a que subieran al niño y que ya venían por mí, después de cinco minutos, preferí las escaleras.

El quinto piso me abrazó con un pasillo largo iluminado lleno de mujeres, cubículos con unos objetos infantiles (bolas, camillas con juguetes, mesas y sillas pequeñas, etc) ahí localicé a  Yetty Argüedas una señora que demostraba ser cómo los árboles más conocidos y que conocen todo en las tierras que habitan, menudita, con su cabello amarrado en una cola y su manera aliviada, me empezó a enumerar las funciones y para que servía cada lugar en aquel pasillo. Ella me contó sobre el trabajo que teje la Escuela dentro del Hospital, y su labor de hormiguitas luchando por no dejar rezagados a sus pacientes. Las maestras y las encargadas comenzaron a conducirme en su día, a contarme que todas ellas son profesoras de educación especial, pero que siempre toca hacer de todo un poco, “la escuela ofrece música, educación física, cuentan con un aula de tecnología, psicología” comentó Karen Dotti otra de las educadoras, ésta es bajita, con una sonrisa cálida, con una composición entre ojos y mejillas redondos, que le daban ese aire a la “profe” que todos quieren.

Éstas hadas madrinas del cuento toman la educación como la varita mágica para que los chicos continúen nadando en el conocimiento, que vayan con el ritmo de su escuela, tienen contacto con las instituciones de donde provienen los menores para obtener la materia, y poderla dar a sus pacientes, “no se les puede dar una clase normal, porque a veces por el tratamiento los niños no están en condición de seguir la lección” continuó Dotti siempre con una sonrisa y una mirada profunda, con matices de paz.

El aula donde me instalaron era como la casa de los siete enanos de blanca nieves, todo allá era pequeño, los banquitos, las mesas, tenía en el fondo una cama tendida de azul pegada a la ventana, sentí cómo un mar en miniatura viendo al horizonte. El mar de esos niños que se sumergen en las manos y las enseñanzas de aquellas mujeres.

Conforme pasaba el tiempo aparecían más niños, la maestra Dotti me preguntó si quería bajar y verlos en el hospital. Cuando salimos dos chicos en sillas de ruedas esperaban turno fuera de un cubículo con sus mamás para ser atendidos. Uno de ellos me miraba mientras la maestra Yetty me explicaba que materias llevaban, de pronto descubrí que había una sintonía de ritmo entre mi lapicero cuando se movía y el pestañear de aquel pequeño, cada vez que bajaba la mano donde llevaba la libreta él trataba de descubrir que era lo que yo escribía. Delgado y de cabellos oscuros tenía un semblante difuminado, con ojos entreabiertos que mostraban cierta mirada pícara.

Lo que vino fue otro lugar diferente al del quinto piso de la escuela. Toda la atmósfera onírica de cuento, hadas, enanos se convertía en una atmosfera más tangible.

Fui bajando las escaleras que eran infinitas, entrando al submundo, donde el hospital abre su boca grande para tragarme con él y sus historias. Pude observar que cada sector tenía en el fondo una especie de aula acondicionada, ahí se les imparte lecciones a los niños, los que no se pueden levantar de sus camas se les da la clase individualizada.

Entramos a las salas de cáncer y quimioterapia, de medicina general, de agresiones.

Un Mickey Mouse me clavó sus ojos plásticos, acompañando a un niño que me veía extrañado;  en la otra cama un enorme Winnie Poe decoraba el lugar donde me observaba otra niña, todo pasaba por mis ojos como un tráiler de película, tratando de atesorar todas aquellasimágenes para poderles refrescar cuando apuntara en la libreta.

“Mari es indígena” me dijo la profesora. Aquella menor me veía fijo, no entendía quién era yo, pero fue la primera niña que me recibió cuando por fin nos detuvimos, cuando me fui a enfrentar con la realidad del hospital, alrededor todo se tornó como un canto estremecedor de Gospel. Las historias contadas por las maestras comenzaron a llegar frías, con uno que otro chiste para meterle sazón a la conversación, “no ponga esto” me decían cuando me contaban algún chiste o bromeaban entre ellas.

En una cama un niño jugaba y abrazaba a una señora vestida con un especie de uniforme rojo, “son las damas de la caridad, ella vino porque la mamá de ese chiquito no ha podido venir”, me explicó Karen, que a la vez me condujo a otra sección del área de cáncer. Íbamos como las olas del mar yendo y viniendo de un cubículo a otro, encontrando mientras desfilábamos, sillones, parientes, decoraciones de muros grises y niños de todos colores, texturas y aromas.

Fuimos al fondo, una niña pintaba y contaba, “está estudiando” me dijo la maestra, su cama estaba llena de lápices de colores, unos lápices partidos, unas hojas en blanco con dibujos para colorear, letras y números de papel. Ella me miraba y me sonreía, me contó que le gustaba mucho pintar. Era de piel clara y cola a medio hacer, delgada, en una bata blanca con sus pies descubiertos y su cama llena de cosas. Del lado izquierdo de esa cama, otra duendecilla de piel morena, me pellizcó para que yo le pusiera atención, “mi mamá no me vino a visitar” me dijo con una sonrisa de dientes blancos  felices de mostrarse y unos colochos dorados. Me dijo eufórica que tenía tres años, y que quería ver muchas fábulas siempre. Le dije para entrar en conversación, que seguro su mamá no había podido llegar a tiempo, ella me hablaba de su nombre ignorando mi comentario mientras la maestra la observaba con atención y con una sonrisa de ternura, la niña me repetía su edad. Tenía una voz aguda, se le ensalivaban los lados de los labios cuando sonreía, su bata era celeste y me tocaba el anillo que yo traía en la mano derecha para llamar más mi atención. Me explicaron que los parientes casi no la visitan, que pasa ahí y que ellas llegan la mayoría del tiempo a hacerle compañía, la niña me miraba con ojos pícaros y con una felicidad de quién no entiende muy bien de lo que hablamos, pero que le gusta nuestra cercanía.

Seguimos hasta el fondo ahí me topé con un chico delgado y fino como una pluma de estas blancas y hermosas, su apariencia era frágil, sus rasgos vivaces, una manguera subía por su nariz para ayudarlo a respirar. Encima de su cabeza y mientas tecleaba observé la colección de carros y motos que tenía muy ordenados, su pariente doblaba una ropa. “¿Le gusta la escuela?”, le pregunté mientras lo vi tecleando. “Sí es bonita, yo me entretengo, pero ahorita lo que estoy haciendo es copiando un correo, aunque tengo la letra muy fea”, la maestra le indicó que lo estaba haciendo bien.

Continuamos visitando aquellas camas, había niños de todas las edades, y aunque nos encontrábamos en un hospital, el ambiente era agradable.

Fuimos hasta el final del pasillo, al fondo escuché una chica respirando por una máquina artificial, había tenido unas complicaciones, y la tenían que trasladar, era una paciente con discapacidades múltiples, según me indicó Dotti, y su familia estaba turnándose mientras la pasaban a otro sector. Las discapacidades múltiples también son atendidas por la escuela, hacen lo posible para que el paciente desarrolle ciertos aprendizajes.

Aquella imagen me acompañó por el resto del recorrido.

Cuando  llegamos al pasillo donde trataban a los niños agredidos, nos encontramos con una chiquita de unos seis años, me pidió que le botara un papel a la basura, tratando de buscar conversación. Una de las profesoras que me acompaban con una enorme trenza negra y unos lentes de pasta negros, muy sonriente y pendiente de lo que yo hacía, me indicó que quería subir a ésta pequeña a la escuela para que jugara. Hizo un silencio y después nos dijo que nos contaría el caso de la menor.

“En éste lugar, usted puede encontrarse casos hasta de los que ni se imagina. Esa chiquita la trajeron aquí porque su mamá la golpeó a ella y a su hermano de año y cinco meses…la madre está desaparecida” terminó el comentario y sentí cómo los vellos del brazo se iban paralizando uno por uno con electricidad de sentimiento y nudo de garganta. Apreté los labios discretamente y seguí.

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Los cubículos donde los niños estaban internados, eran como bajar al subsuelo de la escuela y vivir frente a frente con las situaciones que manejan los doctores, personal administrativo y las maestras. Y cómo enfrentan como los mejores héroes las distintas batallas que se les presenta.

Sí es cierto que las escuelas normales son merecedoras de respeto por la paciencia, la que encontramos en la Escuela del Hospital de Niños Dr. Carlos Saenz Herrera, nos mete las vivencias en el cuerpo para experimentar lo importante de su existencia.

“Hay una doctora que cuando se pensione, no sé qué vamos a hacer, ella puso el espacio para niños agredidos”, me dijo la maestra Vargas y seguimos visitando a los chicos. Ya casi se agotaba mi visita, algunos niños recibían la comida, otros hacían la siesta. Los pasos disminuyeron la intensidad al acercarse a la puerta.

En los sofás de algunas camas se encontraban los parientes de algunos niños, junto a sus camas, los ojos de aquellos padres reflejaban la perseverancia, la espera y la esperanza.

“Hay padres de familia que ni vienen a visitar a sus hijos, hay otros que están las veinticuatro horas”, me indicó Marielos susurrando al pasar a la par de una madre dormida en una especie de sofá cama. Siguieron hablando de la labor de las dos instituciones (escuela y hospital), me di cuenta que hay albergues que reciben a los padres de niños que vienen de muy lejos. “Hay un estudiante que en su zona para poder ir a la escuela dura dos horas caminando”. Son poblaciones indígenas, en zonas rurales. Casualmente en la media hora que me tuvo la secretaria esperando, un grupo de indígenas venían entrando, con ponchos rojos, sandalias, uno de ellos descalzo y subían por las escaleras que minutos después yo iba a utilizar.

La primaria es su fuerte, la secundaria tratan de abarcarla pero cómo son más profesores, se topan con más obstáculos.

Karen Dotti, con aquella sonrisa amable, volvió los ojos para todos lados cuándo hablamos de la comunicación entre las escuelas que atendían a los niños y la escuela del hospital “el problema con algunas escuelas es la comunicación, que nos envíen u obtener el material a tiempo”. Las camas no son las suficientes, según comentaron, sin embargo no se ven niños sin su propio espacio. Aunque la enfermedad ande de visita continuamente la mayoría tienen muchas sonrisas embarrando los tubos de metal, las sabanas frías y las paredes blancas.

Recorrer la Escuela del Hospital Nacional de Niños, me entregó dos días cargados de realidad, una mezcla entre cruda realidad y dulce compañía.

Las trenzas de Mari Paz y de Marielos negras y fuertes hacían oda a la fuerza que lleva cada uno de esos seres que me crucé. La tez blanca del niño que venía en aquella cama y que apenas podía contar con unos dos años de vida, al igual que la tez de Karen Dotty y su mirada siempre amable, daban destellos de luz a ese lugar. La niña de colochos desordenados y ganas de hablar conmigo me observó de reojo cuando me iba. El reloj también me veía con agujas de despedida. Yetty me saludó cuando crucé la puerta, guardé la libreta, saludé a la recepcionista. Atrás mío un enorme palacio de ventanales en el centro de San José reflejaba el sol de aquella mañana, que me regaló un zoom a cada rincón, a cada persona, y vistió la sonrisa que le regalé al guarda cuando abrió los últimos portones para dejarme afuera con tanto que decir adentro.

patricia-metola

Marina…soy un árbol…sus genitales

Microrelato creado después de una lectura que me regaló PROA y me tocó el iris. Microrelato después de un trabajo de investigación que leí y me congeló la susceptibilidad.

Volví una tarde con viento de diciembre, después de sentir gotas de sudor bajando por la sien, a sentarme en aquel lugar donde descansaba de los juegos. Allá estaba aquel árbol. Podía tener tantas historias que contar como deformaciones tenía su tronco, subían largas protuberancias hasta las hojas. Cayó una rama seca en mi pierna, la observé largo tiempo, tenía una forma extraña, ya no pertenecía a ese conjunto de partes desiguales de aquel árbol– (Marina 15 años).

Quince años más tarde Marina se encontraba en la cama fría del cuarto de hospital, su cuerpo postrado hacia arriba,  parecía de plástico, de muñeco frío de estantería,  hecho del mismo color que aquellas sabanas. Su mirada permanecía clavada en un punto que observaba en el techo y del cual  no se había despegado desde que supo la noticia.

PAP ALTERADO. (VPH), mujer de 30  años, 1.60 cm, masa corporal…lo otro de la información se diluía mientras pensaba en el árbol, pensaba  que era como uno de ellos, que tenía  unas extensiones, hojas que antes no poseía, sus dedos tocaban raíces.  Pensaba en la madera, en la corteza, en las hormigas que suben aquel árbol, esto lo veía en su imaginación mientras metía la mano debajo de su bata y examinaba sus genitales. -Tengo pequeñas hojas que antes no tenía -repitió en silencio con los labios secos  y la voz muy entrecortada.

CANDIDA.   TIPOS 16, 18, 31, 33…    GENITALES.   COLIFLORES.  INFECCIÓN.        CONDILOMAS.   SOY UN ÁRBOL…

Un día se despertó y había escrito todo esto en un papel, ejercicio que hacía para recordar que era lo que soñaba. Se sentó encima de sus manos hasta que éstas dejaron de tener una circulación normal y empezó a sentir un hormigueo. Sus dedos estaban entumecidos y adormidos, así comenzó a escribir para pensar que era otra la que contaba esa historia, que no eran sus manos quienes tocaban esas pequeñas protuberancias nuevas en su cuerpo.

“Un octubre de tantos tomé un gramo de felicidad, una pisca de alcohol, media taza de excitación y varios galones de esperanza y dejé que alguien entrara en mí, que a fuego lento me derritiera por entre las piernas y los ojos. La noche duró dos milésimas de segundo. Y tres meses después un dictamen médico decía que tenía una infección de transmisión sexual”.

Marina escribió eso con las manos frías, después de pasar el calambre que se había provocado para escribir.

La primera vez que se miró en el espejo sintió el corazón rápido gritando dentro del cuerpo, explotando, salpicando todos los órganos, levantando y tirando toda la sangre que posee.

CAMILLA 12. TRATAMIENTO EN FRÍO. COLPOSCOPÍA BIOPSÍA… CANCER. 2:20 AM …INSOMNIO

El árbol siguió llenándose de ramas, crecieron las raíces, el árbol miró su textura rugosa, lavaba con lágrimas sus años y se plantó a ver a los demás andar, mientras él esparcía sus ramificaciones por todo su cuerpo.

Foto Floria Sigismondi

Foto Floria Sigismondi

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